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Acuarelas

 

1. Encuentros

 

 Hay algo especial en la forma en que la acuarela se impregna en el lienzo; suave, clara, como si temiera mostrar su colorido; sus intenciones. Suaves pinceladas, capas tenues que van dando forma y sentido a la imagen. ¿es un sueño?  

 

 A veces pienso que mi vida es como una pintura… solo que aún no puedo ver como resultará. ¿Será un paisaje? ¿Un retrato? Quizás algo mas.

 

Mi nombre es Marcel; tengo 28 años y soy pintor, es lo que siempre he querido ser y por lo que me he esforzado toda mi vida. Estudié artes en Italia y después, tras la muerte de mis padres, también estudié administración de empresas; no es algo que me apasione sin embargo es necesario; pero no hoy, hoy es un día especial.

 

Hoy es el día en que conoceré al amor de mi vida.

 


Capri, Italia.

 

Era una mañana clara y tranquila de primavera. Marcel se levantó temprano como era su costumbre y desayunó en la terraza del departamento que rentaba en la isla, en una zona poco frecuentada por los turistas, pero con una hermosa vista al mar y a la bahía mas  abajo.

 

Respiró el aire fresco de la mañana mientras tomaba su café y una pequeña tarta de limón. Tenía una gran debilidad por los dulces; pero no le importaba mucho, caminaría bastante ese día; iría a la playa a terminar un paisaje que había dejado la mañana anterior y luego quería ir a la piazzetta; le gustaba pasear a pie por las calles empinadas y llenas de gente, le gustaba ver los rostros de los turistas; había de muchas nacionalidades, así podía elegir algún rostro para sus pinturas

 

Ese día buscaba algo más, quizás un rostro… no estaba seguro pero había tenido un impulso, algo maravilloso iba a pasar ese día;  pero no tenía idea de que.

 

Era algo más bien repentino. Una sensación, un sueño quizás. Marcel siempre escuchaba a sus corazonadas, y éstas nunca le habían fallado. Siguiendo sus corazonadas había encontrado la escuela de arte donde había estudiado y donde había conocido a su más querido maestro, el que lo había empujado a ser el mejor artista que pudiera ser. Por una corazonada es que estaba vivo… por eso, a pesar de que parecía algo tonto, ese día se había puesto ropa favorecedora y había hecho un vano intento por acomodar sus rizos rebeldes.

 

Luego de dar algunas vueltas sin rumbo terminó sentándose en un pequeño café a tomar algo mientras hacía algunos trazos en su libreta; rostros, una fachada con flores; piezas sueltas que luego uniría en casa para crear algo mas completo, escenas que solo existían en su imaginación.

 

Debió haber estado demasiado concentrado en lo que pintaba, porque no se fijó en la muchacha que se sentó en la mesita a su lado, vestida en ropas cómodas y con un pequeño mapa en la mano que la delataba como turista; quizás si se hubiera fijado en ella, le habría regalado una de sus raras sonrisas sinceras; pero no lo hizo. Empacó sus cosas y siguió con su caminata rumbo a la playa. Estuvo a punto de tirar la bolsa que la joven había dejado en el respaldo de la silla a su paso.

 

“Cretino” murmuró ella en voz baja mirándolo de reojo. Era una pena, todos los hombres bien parecidos eran cretinos, o cosas peores. El cretino en cuestión ni siquiera había ofrecido una disculpa, aunque en realidad no había hecho ningún daño así que solo se encogió de hombros y siguió con su consulta del mapa.

 

 

Marcel llegó hasta la playa, la brisa suave lo recibió con aroma a sal y a limpio; un leve aroma cítrico se mezclaba en el aire. No había demasiados bañistas, el agua aun estaba un poco fría. Buscó su rincón preferido e instaló sus cosas para trabajar.

 

Esta vez trabajaba con acuarelas; no era la técnica mas preferida por muchos artistas, pero tenía una cualidad que le gustaba. La claridad y transparencia de los colores; cuando pintaba con acuarelas era como pintar sus sueños, tenían una consistencia etérea, suave; algo sutil que iba mas allá de retratar lo que tenías frente a los ojos, creía  que podía captar también el ambiente de ciertos lugares.

 

Cuando Marcel pintaba su mente divagaba por lugares inciertos; perdido en capturar lo que sus ojos veían y lo que su mente le decía que estaba realmente frente a sus ojos. Raramente se distraía una vez que tomaba el pincel y daba la primera pincelada.

 

Pero esa mañana algo captó su atención. Una joven. Una larga cabellera negra y tupida meciéndose suavemente en la brisa fresca. Pies pequeños tocando la arena, piel blanca, postura erguida, segura, confiada.

 

Una turista sin duda, nunca había visto a esa joven en la isla. Recordó que debía cerrar la boca y con cuidado dejó las acuarelas y el pincel; ¿para acercarse?  No lo sabía, ¿qué podría decirle? Cualquier cosa sonaría a una frase barata para conquistar a una turista ingenua y robar su dinero.

 

Se había puesto de pie mientras pensaba, pero no dio ni un paso hacia la joven que justo se giraba para ver a su alrededor. Su rostro… era hermoso. Marcel tuvo deseos de retratarlo ahí mismo pero solo lo miró fijamente. Estaba a punto de sonreír, una de sus sonrisas cálidas, esas que le ganaban amistades con solo verlas, esas que no tenía desde hacía muchos años.

 

Pero no alcanzó a llegar a sus labios. Un hombre con un terrible bronceado se le acercaba justo entonces coqueteando descaradamente. El gesto de la joven se descompuso por completo. Intercambiaron algunas palabras, podía imaginar las de él, las de ella las pudo escuchar “¿es que este sitio esta lleno de cretinos?” dijo lo suficientemente fuerte para que todos los presentes escucharan y girándose comenzó a caminar de prisa para alejarse del hombre; éste sin embargo quiso sujetarla del brazo.

 

Grave error.  En un movimiento inesperado, la dulce turista arrojó al tipo sobre su hombro con una facilidad apabullante. Lo siguiente que supo Marcel, fue que el hombretón se estrelló contra su pintura fresca, mandándola al suelo y rompiendo su caballete en el proceso.

 

Pero su vista no se despegó de la joven mientras subía de prisa las escaleras para alejarse de la playa.  “Vaya carácter” dijo y regresó a ver que podía salvar de su trabajo. Poca cosa. El pincel; las pinturas habían quedado llenas de arena. El caballete estaba inservible, igual que su lienzo. El hombre se sacudió la arena profiriendo groserías y se alejó dejando al joven solo con sus pérdidas. “Genial”

 

Todo su trabajo de la mañana estaba arruinado; pero lo que mas le molestaba era haber dejado ir a la joven. Negó con la cabeza. Solo serían problemas, no era una dulce chica con la que pudiera hablar largas horas mirando al mar. De hecho ni siquiera parecía gustarle demasiado. Sin duda esta vez su corazonada le había fallado.

 

Recogió sus cosas y regresó a casa; su camisa favorita había quedado llena de pintura y ni que decir de sus acuarelas perdidas. Se dio un baño y comió algo mientras luchaba contra el ímpetu de dibujar ese rostro en una servilleta. No quería ser el próximo en salir volando por los aires. Definitivamente estaría mucho mejor sin conocer a “Gruñona”, como había apodado a la desconocida.

 

 

 

Marcela era una joven muy talentosa. Su capacidad como artista era irrefutable; sin embargo ella tenía otras ambiciones. Había decidido que prefería llevar el arte a los demás en lugar de solo pintar; tenía una pequeña galería de arte, poco conocida y de nueva creación en América. Una que había abierto con todos sus esfuerzos y ahorros de toda la vida.

 

No contaba con muchos artistas; pero los pocos que llenaban sus expectativas, eran estupendos. Calidad sobre cantidad, claro, y el hecho de que aunque vendiera un solo cuadro, ese cuadro dejaba lo suficiente para pagar todo un mes de gastos de la galería, y de los suyos propios. Ese viaje por Europa fue pagado por una buena racha de un lote de cuadros de una joven artista que ahora podría vivir bien el resto del año y dedicarse a pintar en lugar de hacer hamburguesas en una cocina grasienta.

 

Si tan solo tuviera algo más de apoyo, pensaba. Algo le había dicho que visitar Europa podía darle el empujón que necesitaba, encontrar quizás al artista que la volvería famosa; o al rico que financiaría una búsqueda mas grande de talentos. Había visitado ya algunas de las ciudades mas famosas por sus artistas, Paris, y la plaza de Montmartre, Florencia, Roma… en realidad no esperaba encontrar grandes talentos en Capri, después de todo era una pequeña isla donde ir a comprar bolsos de diseñadores o el escape perfecto para unos recién casados. Pero ya que estaba cerca y tenía un par de días antes de su visita a Palermo, decidió visitarla y de paso mirar una pequeña escuela de arte de una muchacha con la que había tenido tratos por Internet alguna vez.

 

Lo único que detestaba de los viajes era toparse con tipos de toda clase que solo buscaban una aventura con una extranjera. A sus 26 años era una joven muy atractiva, pero eso solo le había traído infinidad de problemas con hombres molestos que no querían siquiera saber a que se dedicaba sino a ponerle las manos encima; y por ello había decidido, luego de muchos dolores de cabeza, que eso de enamorarse y tener pareja solo era una pérdida de tiempo.

 

Su decisión había probado dar buenos frutos. Libre del esfuerzo por buscar al hombre ideal para casarse, tenía tiempo de sobra para las cosas importantes. Encontrar el lugar perfecto para abrir una pequeña galería, al principio con artistas locales, llevando el arte de las calles a una sala donde todo mundo pudiera admirarlo.

 

Tuvo tiempo de recorrer su ciudad en busca de talentos perdidos; sobre todo mujeres que pasaban su tiempo limpiando una casa y haciendo comida para un marido y que tenían hermosos trabajos arrumbados en un desván. Había podido dar impulso a algunos cursos de arte, con la promesa de exponer los mejores trabajos en su galería; con la oportunidad de que les redituara alguna ganancia; lo mismo que a su negocio.

 

Tenía apenas tres años en el negocio de la organización de exposiciones pero ya era bastante conocida en su ciudad y en algunas otras; América era muy grande, pero aun así era difícil encontrar talentos.

 

Y ahí estaba, en Capri, entrando en una pequeña tienda; el aroma a óleos y lienzos nuevos le dio la bienvenida. La tienda era más pequeña de lo que había esperado; apenas había espacio suficiente para dos anaqueles pegados a cada pared, atiborrados de tubos, frascos, brochas y demás aditamentos, y un estrecho pasillo en el centro para recorrerlo.

 

La dependienta al final del pasillo le dio la bienvenida y Marcela le sonrió “¿Eres Giovanna? Soy Marcela, de América” se acercó esperando no equivocarse. El salto que la muchacha diera para llegar a su lado, le indicó que estaba en lo correcto.

 

“¡Que alegría por fin conocerte!” le dijo y tras un intercambio de abrazos y preguntas sobre su viaje la invitó a pasar a la academia. Tras una pequeña puerta en el fondo de la tienda había un patio y una casa; una pequeña fuente adornaba el patio; había flores por todo el lugar y algunas bancas. Un par de niños hacían trazos guiados por una mujer en una esquina del patio. “Mi madre y un par de alumnos, son unos pequeños diablillos, mantén tus ojos abiertos” le dijo a la extranjera antes de jalarla hacia la casa. “Tengo algo que creo te interesará.”

 

Marcela arqueó la ceja y se dejó guiar escaleras arriba hacia una habitación vacía. En la pared había varios cuadros, precariamente colgados. “¿acuarelas? Algo pasado de moda no?” dijo mirando uno de los cuadros.  Debía admitirlo, no eran malos. Casi todos ellos eran paisajes. Barandas llenas de flores mirando al mar; acantilados tapizados de casas; algún barco de vela dejando estelas en una bahía turquesa.

 

“No es uno de nuestros alumnos, en realidad es un chico que viene de Roma o Florencia… no estoy segura, pero pasa aquí buena parte del año y a veces me deja sus cuadros para exponerlos. Es algo raro, como buen artista, pero agradable.”

 

“Hubiera preferido que fuera una chica, son mas fáciles de tratar” dijo ella haciendo una mueca y ambas rieron “tienes razón, la dueña de la casa la dejó que revisara el resto de los trabajos.

 

“Tienen buena perspectiva… profundidad, la acuarela no es mi técnica preferida pero tiene una buena técnica;  ah, un rostro… no esta mal” Marcela revisaba con ojo clínico cada cuadro. No lo admitiría pero era de lo mejor que había visto en los últimos días. Sin embargo se fingió poco interesada. En un retrato se veía a una madre con dos pequeños, había algo en sus expresiones que los hacía parecer vivos… aunque a la vez parecían un recuerdo antiguo, una memoria; el autor tenía talento. Ella podría vender esos cuadros por una nada despreciable cantidad si los llevara a casa. “¿y cuánto pide por ellos? no veo precio” dijo casualmente.

 

“Ah, te dije que era algo raro, nunca me pide nada por ellos” Giovanna dijo encogiéndose de hombros; Marcela casi se ahoga. “Por mi esta bien, no hay muchos compradores de arte que visiten esta parte de la isla, pero he vendido un par y la verdad el dinero extra siempre ayuda.”

 

La americana estaba sorprendida. ¿Quién regalaría  su trabajo así como así? Al menos recuperar el costo del material era lo más sensato. Así que se trataba de un artista loco, era de esperarse, el talento nunca venía de gratis.

 

“¿Te gustaría conocerlo? Me parece que esta en la isla y si quieres podría arreglarles un encuentro” la sonrisa pícara en el rostro de la muchacha le dio a entender a Marcela que quizás sacara una cita además de un encuentro de negocios.

 

“Supongo que no haría daño… pero no le digas que soy mujer; detesto que traten de conquistarme y los artistas son rarísimos, tu misma lo has dicho”  La Americana se sonrió de lado,  “Voy a estar aquí  hasta mañana a medio día; aquí esta mi teléfono; dile que quizás este interesada en montarle una exposición en América. Ya veremos que pasa”  aunque parecía poco impresionada; la verdad era que le emocionaba un poco haber encontrado un artista tan talentoso que seguramente no pediría demasiado por sus cuadros; lo que facilitaría la negociación. Y si era medianamente cuerdo y no tan detestable hasta podría arreglar de que estuviera presente en la exposición.

 

“Claro, lo llamaré y veré  si puede verte esta noche. ¿Quieres quedarte un rato? Tengo una clase en un rato mas, un par de muchachitas ricas con mucho tiempo libre” Giovanna le sonrió a su invitada, era bueno conocerla luego de haberse mandado correos por meses.

 

“Me encantaría pero tengo que ver a mi grupo para no se que paseo que dijeron no podía perderme, pero estaré libre para la cena y todo el día de mañana” Marcela miró su reloj, apenas tenía tiempo en realidad, ¿se había quedado tanto tiempo mirando esos cuadros?  “¡Es tardísimo! ¡Te llamo!” le dijo y tras un rápido abrazo salió corriendo de la casa. Cruzó el patio a todas prisas despidiéndose con una mano de la señora y pasando por la tienda tan rápido como podía sin tirar nada en la pasada; casi se estrella con alguien en la entrada pero alcanzó a esquivarlo con solo un ligero rozón.

 

“¡Eh ragazza! ¡attento!”  Alcanzó a escuchar mientras corría calle abajo entre la gente.

 

 

Marcel decidió que ese definitivamente no era su día; primero lo de la playa y ahora casi lo derribaban de nuevo en la entrada de la tienda de arte; menos mal que no traía consigo nada o seguramente lo habría tirado. Miró a la muchacha que se alejaba corriendo y arrugó la frente, definitivamente las mujeres de cabello oscuro estaban en su contra.

 

Con un suspiro entró a la tienda y buscó lo que necesitaba; tenía toda la intención de hacerse de provisiones y no salir de su casa hasta que fuera momento de volver a Roma; pero la encargada parecía tener otros planes para él.

 

“Eh Marcel! Que bueno que vienes! Si tan solo hubieras llegado unos minutos antes… pasa, pasa, tengo que contarte algo” Antes que el muchacho pudiera contestar se vio arrastrado hasta el patio de Giovanna que parecía muy emocionada. Marcel se preguntaba que podría traerse entre manos, con que no fuera que le quería presentar a una hermana/prima/amiga/ porque entones si huiría lejos.  Alguna gente parecía empeñada en emparejarlo con quien fuera.

 

“¿cuál es el apuro?” preguntó con su tono sereno de siempre.

 

“Acaba de estar aquí la… el dueño de una galería de arte en América; le mostré tus cuadros y creo que le interesaron, le dije que podrían verse esta noche, solo estará aquí hasta mañana”

 

Marcel hizo una mueca ¿América?  No lo sabía, suponía que no estaba mal… ahí sin duda nadie lo relacionaría con su familia, quizás esa fuera la corazonada que había tenido esa mañana.

 

“¿porqué no quedan a cenar en La Pergola?” sugirió Giovanna con un tono que hizo dudar a Marcel.

 

“¿eh? ¿En ese restaurante?  Es algo romántico como para una cita de negocios con un americano ¿no crees?” Marcel negó con la cabeza. “Además estoy cansado, quiero ir a mi casa, puedo preparar algo de pasta y tengo un par de cervezas en algún lado.” Dijo encogiéndose de hombros. Lo último que quería ese día era tener que bañarse y arreglarse para una cena formal con un desconocido.

 

“¿Eres tonto acaso? No porque sea americano significa que no tenga clase. Confía en mi, La Pergola a las 8, no llegues tarde, te conozco y, hum, vístete de blanco, para que pueda encontrarte”

 

Marcel puso los ojos en blanco mientras lo empujaban a la salida, si Giovanna no fuera tan buena amiga, habría dicho que no a todo. “esta bien pero no me empujes… además venía a comprar algunas cosas, una turista grosera rompió mi caballete y arruinó mis acuarelas”

 

“no hay tiempo para eso, mira tu facha; ve a tu casa y date un largo baño y cepíllate el cabello; eres un desastre Marcel fuera de aquí,” Giovanna empujó al sonrojado joven hasta la calle y lo despidió con la mano. “A las ocho, te mato si faltas!”

 

Continuará….

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